Cali Sweets no aguantó más y se montó sobre la polla blanca de Ryan
Ryan Madison llevaba días notando cómo Cali Sweets le miraba el paquete con esa sonrisa pícara, mordiéndose el labio cada vez que se cruzaban en la cocina. La tensión era insoportable, los roces "accidentales" en el pasillo, los susurros que se perdían en el aire cargado de deseo. Hasta que una noche, con la casa vacía, ella lo empujó contra la pared y le bajó los pantalones de un tirón, dejando al descubierto esa verga blanca y gruesa que tanto había imaginado. Se arrodilló sin pensarlo dos veces, chupando con avidez, metiéndosela hasta la garganta mientras él le agarraba el pelo con fuerza. Pero Cali no quería quedarse ahí: se subió a horcajadas, empalándose de una sola vez, gimiendo como una loca al sentir cómo esa polla dura le abría el coño mojado. Ryan no perdió el tiempo, le dio la vuelta y la empotró contra el sofá, embistiéndola con furia mientras ella gritaba su nombre. Le encantaba ver cómo esos pechos tatuados rebotaban con cada embestida, cómo el sudor le caía por la espalda mientras él le apretaba el culo con ambas manos. Cuando ya no pudo más, la hizo arrodillar otra vez y le llenó la boca de leche espesa, mirándola fijamente mientras tragaba hasta la última gota. —¿Te gustó, perra? —le dijo, limpiándose los labios con una sonrisa de satisfacción.