Ojos sobre mí la inocencia es solo el inicio
Desde que la vio por primera vez en la pantalla del juego, el coño se le humedeció al instante al ver cómo los ojos de ella se clavaban en él con esa mezcla de curiosidad y morbo que solo las putas más viciosas saben fingir. La chica no era una cualquiera, tenía esa mirada que prometía folladas salvajes y gemidos que harían temblar hasta los cimientos de la casa. Lo peor era que él ya la tenía en sus manos, literalmente, porque el control vibraba entre sus dedos mientras ella mordisqueaba su labio inferior, tentándolo a probar lo que tanto deseaba. Con un suspiro que le erizó la piel, la pantalla mostró cómo ella se quitaba la falda ajustada, dejando al descubierto unas bragas negras que ya estaban empapadas por el calor que le recorría el cuerpo. Sin pensarlo dos veces, él se abalanzó sobre ella en la escena, empotrándola contra la pared con las manos alrededor de su cintura, sintiendo cómo su culo redondo se movía al ritmo de cada embestida. Los jadeos de ella llenaban la habitación mientras la polla entraba y salía sin piedad, sacudiendo todo su ser con cada golpe seco que resonaba en el aire. Ella se agarraba a sus hombros, arañándolo sin control mientras los fluidos resbalaban por sus muslos, mezclándose con el sudor que le cubría la piel. El juego se volvió secundario en ese momento, porque lo único que importaba era el sonido de sus cuerpos chocando, los gemidos ahogados y el olor a sexo que se esparcía por todas partes. Cuando ella gritó su nombre con voz ronca y se corrió con espasmos violentos, él no pudo aguantar más y descargó su leche caliente dentro de su coño bien dispuesto, dejando que el líquido blanco se deslizara entre sus piernas mientras la escena terminaba con ella jadeando, satisfecha y completamente usada. La inocencia que tanto lo había tentado al principio se esfumó en segundos, reemplazada por una lujuria que los dejó a ambos exhaustos y con ganas de repetir.