Madrastra italiana me enseña a gozar como una puta
La primera vez que su falda se levantó sin querer mientras doblaba la ropa, el bulto de sus bragas me dejó sin aliento... Su coño olía a almizcle maduro y a vino de la Toscana, ese aroma que me volvió loco cuando me susurró al oído que su marido solo sabía masturbarse viendo porno. Me empujó contra la pared de la cocina, me desabrochó el cinturón con dedos que olían a lavanda y me sacó la polla dura como un mástil, gruesa y palpitante entre mis manos. Sin mediar palabra, se arrodilló sobre el suelo de mármol frío, abrió bien esa boca roja y carnosa y se tragó mi verga hasta el fondo de la garganta, ahogándose con mis huevos mientras gemía como una perra en celo. Mis gemidos se mezclaban con el sonido de sus tetas rebotando cuando me levantó del suelo, me sentó en la mesa del comedor y se subió encima de mí a horcajadas, clavando sus uñas en mi espalda mientras su coño chorreante se frotaba contra mi polla hasta dejarme la verga empapada en sus jugos. Sentí cómo su carne temblaba, cómo su aliento se cortaba cada vez que la penetraba hasta el fondo, empalándola con embestidas que hacían crujir el mueble bajo nuestro peso. Ella gritaba cada vez que su clítoris rozaba mi pelvis, sus muslos apretados alrededor de mi cintura como si quisiera tragársela entera, mientras yo le lamía los pezones duros como piedras y le mordisqueaba el cuello hasta dejarle marcas que su marido no podría ignorar. Cuando por fin se dejó caer sobre mí, con la espalda arqueada y los ojos vidriosos, su coño se contrajo como una trampa alrededor de mi verga y me llenó de leche espesa y caliente, corriéndose con un orgasmo tan intenso que hasta el vecino del piso de arriba debió escucharla porquería de gritos. La dejé ahí, temblando y con las piernas abiertas sobre la mesa, mientras me limpiaba los restos de su corrida de la polla y me vestía lentamente, sabiendo que esa noche no había sido un simple polvo, sino el inicio de algo que ninguno de los dos podría olvidar.