Madrastra asiática da mamada casera con su verga
La madrastra asiática llevaba días mirándolo con esos ojos de puta hambrienta mientras él se duchaba sin puerta, dejando ver cada centímetro de su cuerpo fibroso y esa verga que parecía tallada en acero. Un día no pudo aguantar más y, con los morritos fruncidos en un puchero de lujuria, le agarró la polla aún húmeda de la ducha y empezó a masajearla con movimientos lentos y circulares, sintiendo cómo se le endurecía al instante bajo sus dedos delicados pero firmes. Él soltó un gemido ronco al sentir el calor de su aliento primero, luego la lengua húmeda y experta recorriendo el glande antes de que sus labios se cerraran alrededor de la cabeza palpitante, chupando con una avidez que lo volvió loco. Ella lo miraba con esos ojos oscuros y brillantes mientras trabajaba la verga con la boca, metiéndosela cada vez más adentro hasta que la punta le rozaba la garganta, ahogándose un poco pero sin dejar de succionar con fuerza. Los sonidos de succión húmeda y los gruñidos de él resonaban por toda la casa, mezclándose con los crujidos de la madera del suelo cuando él, sin aguantar más, la empujó contra la pared del pasillo y le arrancó el short de un tirón, dejando al descubierto ese coño depilado y ya empapado que olía a sexo y a desesperación. Con una mano le apretó los pechos pequeños pero firmes mientras con la otra le guiaba la polla hacia esa entrada caliente y temblorosa para empalarla de una sola embestida, haciendo que ella gritara con la boca llena de verga, los muslos temblando de placer. La madrastra no paraba de mover las caderas contra él, cabalgando la verga con una fuerza que lo dejaba sin aliento, mientras sus jugos resbalaban por los muslos y manchaban el suelo de gotas espesas. Él la agarró del pelo y le dio una palmada en el culo con la mano libre, marcando su piel pálida con un rojo intenso que contrastaba con el sudor que le corría por la espalda, y entonces empezó a embestirla sin piedad, sintiendo cómo su verga se hinchaba cada vez más dentro de ese coño que parecía hecho a su medida. Los gemidos se volvieron más agudos, más desesperados, hasta que un chorro espeso y caliente le llenó el vientre a ella, que se corrió gritando con la verga aún dentro, los jugos mezclándose con la corrida mientras él seguía empujando hasta que, exhausto, se dejó caer contra su cuerpo tembloroso, respirando entrecortado y sintiendo cómo el líquido se escurría entre sus piernas.