La enfermera follada hasta correrse con la polla
La enfermera Anna Cummings llevaba días con la bata levantada mostrando esos pezones duros que le asomaban entre los botones mal abrochados. Cuando la puerta de la consulta se cerró con llave, se quitó el uniforme dejando al descubierto unas tetas caídas pero perfectas, con las areolas oscuras y los pezones tiesos de puro deseo. Él no pudo resistirse y la empujó contra la camilla, arrancándole el tanga de encaje negro que apenas cubría su coño empapado. Anna gemía fuerte mientras él le metía la polla hasta el fondo, sintiendo el calor húmedo de su vagina chupando cada centímetro de carne palpitante. Las embestidas eran brutales, con el culo de ella botando contra el borde de la mesa mientras el sonido de los choques de piel llenaba el cuarto. Ella se agarraba a los bordes gruñendo, pidiendo más con palabras sucias que salían entre jadeos desesperados. Él le agarró el pelo y le clavó la verga hasta el fondo, haciendo que Anna soltara un gritito agudo antes de correrse como una puta en celo, con la leche escurriéndosele entre las piernas mientras seguía gimiendo sin control. La enfermera no paró ahí: se arrodilló al instante y se tragó la polla chorreante, lamiendo cada gota de semen con la lengua ansiosa mientras él le agarraba la cabeza para empotrarle más profundo. El sabor salado le encantaba, y no tardó en correrse otra vez sobre su cara, dejando el coño y los labios manchados de blanco. Anna se limpió con la mano y se limpió los labios antes de susurrarle al oído que quería más, que la follara otra vez hasta dejarla sin fuerzas. Él no necesitó que se lo pidiera dos veces: la levantó en vilo y la empaló contra la pared, con las nalgas apretadas contra su barriga mientras la polla entraba y salía como una máquina loca. Cada gemido de Anna era música para sus oídos, y cuando por fin eyaculó dentro de ella con un rugido, supo que esa puta madura no saldría de su mente en mucho tiempo.