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La madrastra cachonda ataca a su hijastro

0:15 1080P 7 Milf
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Estúdio Nipplestock

La madrastra llevaba meses coqueteando con miradas de reojo cada vez que el chico salía de la ducha con el pecho empapado. Hoy no pudo resistirse más y se le lanzó encima en el sofá con un escote que parecía a punto de reventar la tela de la blusa. El hijastro, nervioso pero con la polla ya dura como una piedra al verla tan putona con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva del culo prieto, no pudo hacer otra cosa que dejarse llevar. Ella le agarró la verga con fuerza mientras le susurraba al oído lo buena que estaba su polla, gruesa y palpitante, lista para reventarle el coño bien apretado que llevaba años deseando. Con un gemido ronco, el chico le arrancó las bragas de un tirón y se la clavó de una sola embestida que la dejó sin aire, sintiendo cómo su coño mojado y caliente se abría para recibir cada centímetro de esa verga brutal. Ella no paraba de gritar, con los pezones duros como diamantes y las caderas moviéndose al ritmo de las embestidas profundas que le partían el alma, mientras él le mordisqueaba el cuello y le apretaba las tetas que rebotaban con cada empotramiento. El sofá crujía bajo sus cuerpos sudados, el olor a sexo inundaba la sala y los gemidos se mezclaban con los golpes de carne contra carne. Él le metía la polla hasta la garganta, sacándosela solo para escupirle en el coño antes de volver a clavársela sin piedad, mientras ella se retorcía de placer con los ojos en blanco y los dedos clavados en sus hombros. Cuando por fin la madrastra sintió esa polla enorme hinchándose dentro de su coño estrecho, supo que no aguantaría más: se corrió con un chillido agudo, apretando los muslos alrededor de su cintura mientras él le llenaba el útero con chorros calientes que la dejaron temblando. El hijastro, lejos de acabarse, le dio la vuelta y se la folló contra el respaldo del sofá, agarrándola por las caderas para empotrarla con más fuerza si cabe, hasta que los dos terminaron exhaustos, con el cuerpo de ella cubierto de sudor y semen, y la polla de él aún palpitando con ganas de más. La madrastra, jadeante, le prometió que esto no sería la última vez, mientras se limpiaba los restos de corrida que le resbalaban por las piernas con un suspiro de puro vicio.

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