MILF caliente solo tiene una hora antes que vuelva su marido
La vecina de al lado ya traía la blusa mojada desde que la vio regando el jardín con esa camiseta ajustada que le marcaba las tetas duras como dos melones maduros. No aguantó ni cinco minutos de charla sin excusas, lo empujó contra la pared del pasillo y le arrancó el cinturón con los dientes mientras le susurraba al oído que tenía la polla tan gruesa que le partía el coño en dos. Él ni siquiera alcanzó a quitarle el sujetador antes de que ella se arrodillara en el suelo de la sala, le chupó la punta con la lengua bien plana y se tragó hasta la mitad sin dejar de gemir que quería sentirla bien adentro. Cuando por fin la levantó en volandas para empotrarla contra el respaldo del sofá, sus tetas grandes rebotaban como gelatina cada vez que la embestía con fuerza desde atrás, dejándole las marcas de los dedos en esa nalga redonda que tanto le gustaba morder. Ella gritaba cada vez que la polla le llegaba al fondo, pidiéndole que la llenara hasta que se le salieran los jugos por las piernas, con los dedos enredados en su pelo corto mientras le arañaba la espalda hasta dejarle la piel enrojecida. Entre gemidos y maldiciones, él la volteó boca arriba y se hundió en su coño empapado sin piedad, apretándole los muslos contra su cintura para que no pudiera escapar aunque quisiera, sintiendo cómo su cuerpo se contraía alrededor de la verga cada vez que se corría dentro. El sudor les corría por la espalda mientras se devoraban la boca, sus cuerpos pegajosos y jadeantes después de tanto sexo salvaje, pero ella solo atinaba a reírse y decirle que todavía faltaban veinte minutos para que el marido llegara y ya querían repetir. La última corrida fue tan intensa que le dejó manchas blancas en el vientre plano, y aunque ambos quedaron exhaustos, sus miradas cómplices decían que esto no era más que el principio de una aventura que duraría todo el verano.