Rubia cachonda con tatuajes empalada por los policías
La tía llevaba los tatuajes bien marcados bajo esa blusa ajustada que se le notaba el sujetador negro sin relleno, y cada vez que pasaba por el centro comercial, le echaba un vistazo de esos que te dejan con la polla dura media hora. Hoy no fue la excepción: el policía de turno la interceptó por 'robar' un pintalabios, pero en cuanto la tuvo contra el mostrador, notó que su coño olía a tigre en celo y que el tanga se le había quedado pegado de lo mojada que estaba. Sin pensarlo, le arrancó el cinturón y le bajó los pantalones de un tirón para dejar al descubierto ese culazo redondo que le temblaba cuando él le ordenó que se agachara con las manos en el cristal. La polla le colgaba como un fierro bajo el uniforme, y al sentirla rozarle el trasero sudado, la rubia soltó un gemido que hasta los de seguridad escucharon desde la otra punta del pasillo. Él no perdió tiempo: con una mano le agarró el pelo teñido y con la otra le metió la verga hasta el fondo, empotrándola contra el mostrador mientras le susurraba al oído que eso era por portarse mal. Ella jadeaba como una perra en celo, con los pechos aplastados contra el mármol y las tetas enormes rebotando con cada embestida brutal que le clavaba hasta hacerle saltar las lágrimas. Los policías se turnaban para follársela, turnos de verga gruesa y dura que la dejaban con la boca llena de semen y el coño hecho un desastre, chorreando por todos lados mientras le gritaban obscenidades que le ponían los pelos de punta. La rubia no paraba de correrse, con los tatuajes brillando bajo las luces del centro y el olor a sexo inundando el lugar, hasta que al final, exhausta y con las piernas temblorosas, se dejó caer de rodillas a limpiarles la polla con la lengua mientras ellos se reían y le decían que la próxima vez que la pillaran, le harían pagar con intereses.