La gorda Irlandé me desafió a empotrarla en el bosque mientras meaba
La hierba estaba fresca y el aire olía a tierra mojada cuando la vi mirarme con esa sonrisa de provocación que solo usan las gordas que saben que sus caderas no perdonan. Irlandé se bajó las bragas con un gesto lento, mostrando su concha peluda y brillante, ya chorreando de excitación. ‘¿A poco sí puedes conmigo, cabrón?’, me dijo mientras se agachaba y abría las nalgas, dejando ver ese ojete rosado y húmedo. Sin decir nada, le agarré de la cintura y le metí la polla de una estocada, sintiendo cómo su carne ajustada me apretaba hasta las pelotas. Ella gimió fuerte, pero no se dejó vencer, moviendo ese culo enorme contra mí para que sintiera cada centímetro de su coño ávido. ‘Más duro, puto’, me exigió, y yo obedecí, embistiéndola con fuerza hasta que sus muslos temblaron y su pis empezó a salir en chorros calientes contra mi pierna. La sensación de su orina tibia mezclándose con el sudor de ambos me volvió loco, y la empujé contra un árbol, follándola como si fuera la última vez. Ella gritó, pero no se rindió, retorciéndose y pidiendo más, hasta que al final, con un chorro grueso, me corrí dentro de su concha mientras ella se sacudía de placer. Cuando terminamos, su lencería estaba tirada en el suelo, manchada de hierba y fluidos, y su piel brillaba bajo el sol de la tarde.