Joven asiática se contonea con shorts ajustados en la cama
Lleva semanas imaginando cómo sería que unos dedos gruesos le levantaran el dobladillo de esos shorts diminutos mientras ella se retuerce sobre las sábanas blancas. La chica de dieciocho años, con sus tetas pequeñas y ese culazo que no para de moverse al compás de la música baja que sale de sus auriculares, no puede evitar que la entrepierna le arda cada vez que se inclina hacia adelante y su coño palpitante se humedece bajo la tela ajustada. Sin pensarlo dos veces se baja los shorts lo justo para dejar al descubierto el coño depilado y brillante, empapado de jugos que ya le resbalan por el muslo mientras se toca con los dedos mojados, gimiendo sin control cuando se imagina una polla gruesa empujando dentro de ella. De pronto, la puerta se abre sin avisar y su novio, un tipo musculoso con una verga que parece un tronco, entra como si nada, sin decir palabra, solo clavando la mirada en su culo redondo y palpitante. Ella se queda quieta, con las piernas abiertas y los dedos hundidos en su propia raja, mientras él se desabrocha el pantalón y deja caer esa polla enorme y venosa frente a su cara, gruesa como un brazo, lista para ser tragada. Antes de que pueda reaccionar, él la agarra del pelo y le empuja la cabeza hacia abajo, obligándola a abrir bien la boca para recibir esa verga que le llega hasta la garganta, ahogándola con cada embestida mientras ella tose y babea alrededor del tronco que la está partiendo en dos. Cuando por fin la saca, completamente empapada de babas y saliva, la tira bocabajo sobre la cama y le levanta el culo con las dos manos, dejando al descubierto el coño chorreante que ya no aguanta más. Sin preámbulos, le clava la polla de una sola vez hasta que los huevos le golpean el clítoris, arrancándole un chillido agudo mientras él la empotra sin piedad, haciendo que sus tetas pequeñas reboten con cada embestida brutal. Los gemidos se mezclan con los golpes de carne contra carne, el sonido húmedo de su coño siendo destrozado por esa verga descomunal, y los jugos que salpican las sábanas mientras ella se corre gritando, con las uñas clavadas en el colchón y el cuerpo convulsionando bajo el peso de su novio, que no para hasta dejarla completamente rendida, con las piernas temblorosas y el coño abierto de par en par, goteando leche y sudor.