Madrastra cachonda pide que le den duro
Llevaba meses coqueteando con miradas mientras le servía el café por las mañanas, pero hoy la cosa se puso seria: se quitó el delantal con un movimiento lento y dejó caer el vestido al suelo sin pudor. Él no pudo resistirse al ver cómo sus tetas, grandes y firmes, se balanceaban con cada paso que daba hacia él, mientras se mordía el labio inferior con una sonrisa perversa que le erizó la piel. Antes de que pudiera reaccionar, ella le agarró la polla por encima del pantalón y susurró al oído que llevaba semanas imaginando cómo se la iba a tragar entera. No hubo tiempo para más charlas cuando él la empujó contra la pared de la cocina, le arrancó las bragas de un tirón y le metió los dedos en el coño empapado mientras ella gemía como una puta descontrolada. La madera de la mesa crujió cuando la subió allí mismo, le separó las piernas con fuerza y se la clavó hasta el fondo sin previo aviso, sintiendo cómo su carne ardiente se ajustaba perfectamente a su verga palpitante. Cada embestida hacía que los platos de la alacena cayeran al suelo uno tras otro, pero a ninguno le importó cuando ella le arañó la espalda gritando que no se detuviera, que quería sentirlo correrse dentro hasta dejarla llena. La corrida fue tan intensa que él se quedó sin fuerzas y ella se dejó caer sobre la mesa, con las piernas temblorosas y el coño chorreando leche espesa por todas partes, mientras se reía de la cara de satisfacción que él ponía al ver su cuerpo marcado por las marcas de sus manos y los arañazos de sus uñas.