Calcetines esponjosos me mojan al mear de noche
Llevaba esos putos calcetines rosas bien gruesos para no helarme los pies mientras me aliviaba al aire libre, pero no contaba con que la brisa helada me encendiera más de la cuenta. Me bajé la bragueta y saqué la polla dura que llevaba horas palpitando bajo el pantalón, palpitando al ritmo de mis pensamientos sucios. El frío de la noche me erizó la piel pero no me importó, porque al principio solo era un chorrito tibio contra el suelo, pero luego no pude evitar que se me escapara un gemido cuando la sensación de alivio se mezcló con el calor que me subía desde las pelotas. Me agaché un poco para que la orina saliera más fuerte, sintiendo cómo la tela esponjosa de los calcetines se humedecía con cada gota que caía, pero lo que realmente me volvió loco fue cuando me di cuenta de que los tenía empapados y oliendo a sexo recién follado. No sé si fue el contraste del frío y el calor o simplemente el ver cómo la tela se pegaba a mis dedos, pero empecé a masturbarme con furia, imaginando que eran unas tetas blandas lo que apretaba en vez de mi propia mano. La polla me temblaba como si fuera a reventar y los calcetines ya no servían ni para limpiar, porque estaba demasiado excitado para pensar en otra cosa que no fuera correrme como un animal. Me corrí contra el suelo, sintiendo cómo el semen caliente se mezclaba con la orina fría, dejando un charco baboso que brillaba bajo la luz de la luna. Los calcetines quedaron hechos un desastre, pegados a mis pies como si fueran parte de mí, y yo seguía jadeando con la respiración entrecortada, preguntándome si alguien habría escuchado mis gemidos ahogados entre la oscuridad. La noche siguió igual de fría, pero mi cuerpo ardía como si acabara de salir de un sauna, y los calcetines ya no servían ni para calentar, pero sí para recordarme lo cachondo que me había puesto al verlos empapados de mis fluidos.