Chico exhibe su polla masturbándose en el bosque
El cabro rubio de ojos azules se subió al tronco más grueso del bosque con solo un short ajustado que apenas le tapaba el culo prieto. Desde el primer segundo se le notaba la verga dura como una piedra, palpitando bajo la tela mientras se agarraba el tronco con las dos manos para que no se le cayera el pantalón. Se le escapaban gemidos roncos cada vez que se frotaba la polla contra la madera áspera, imaginando que era un coño apretado que lo chupaba sin piedad. Los vecinos del pueblo dirían que estaba loco, pero a él le encantaba la adrenalina de saber que cualquiera podía aparecer y cacharlo en plena faena. Con los dedos resbaladizos de pre, se pasó la lengua por los labios mientras escuchaba el crujir de las hojas bajo sus pies descalzos. No tardó en soltarle un par de gotas de leche espesa sobre el vientre plano, pero no se detuvo ahí: siguió masturbándose con más fuerza, imaginando que alguien lo estaba mirando y se excitaba más con la idea. La verga le ardía de tanto tironear y el pecho se le movía como fuelle al respirar entrecortado. Cuando ya no pudo más, se corrió en chorros largos y blancos sobre su propia mano, manchando el tronco con su corrida caliente mientras gruñía como un animal en celo. El short se le pegó más al cuerpo sudado y no hizo nada por quitárselo, satisfecho de haber dejado su marca en el bosque. Si alguien hubiera pasado por ahí en ese momento, se habría encontrado con un espectáculo de polla dura, gemidos guturales y un chico que no le importaba nada exponerse como un puto exhibicionista en plena naturaleza.