Dillon Diaz se corre en la boca de un cliente sudado
El gimnasio estaba casi vacío esa tarde, solo el eco de los pesados metálicos y el olor a desodorante barato flotando en el aire. Pero yo, Dillon Diaz, no podía concentrarme en los ejercicios, no cuando ese cliente nuevo, Maxx Monroe, se había quitado la camiseta y mostraba esos abdominales marcados brillando de sudor. Llevábamos semanas cruzando miradas en el vestuario, roces "accidentales" al pasar, esa tensión que se tragaba el aire entre nosotros. Hoy, después de una sesión de pesas, se quedó solo conmigo en el cuarto de cardio. El sudor le resbalaba por el pecho, y cuando me acerqué a ajustar su postura en la bicicleta, su polla gruesa ya se notaba dura bajo los shorts ajustados. No aguanté más: le bajé el short de un tirón y me la metí en la boca sin preguntar, chupando fuerte, sintiendo cómo el sabor salado de su pre-cum se mezclaba con el sudor de su piel. Se agarró de mi pelo mientras yo le tragaba hasta las pelotas, gimiendo con cada embestida que me hacía llegar al fondo de la garganta. No aguantó ni dos minutos y me llenó la boca de leche espesa, pero yo no me detuve: seguí chupando hasta que su polla se puso flácida. Se quedó mirando cómo me limpiaba los labios con el pulgar, con los ojos todavía vidriosos y la respiración agitada, sabiendo que esto solo era el principio.