Artemisa se toca el coño mojado al aire libre
Artemisa no aguantó más y se fue al jardín para masturbarse como una perra en celo, con las tetas al aire y los dedos hundidos en su coño chorreante. Se recostó sobre el pasto fresco, sintiendo cómo el sol le calentaba la piel mientras sus gemidos se mezclaban con el canto de los pájaros. Sus dedos se movían sin piedad, frotando el clítoris hinchado y metiendo dos dedos hasta el fondo, sintiendo cómo su coño se apretaba alrededor de ellos. El jugo le chorreaba por los muslos, empapando el suelo mientras arqueaba la espalda y mordía su labio inferior para no gritar. Sus tetas grandes rebotaban con cada movimiento, los pezones duros como piedras, y no pudo evitar pellizcarlos mientras imaginaba una polla enorme follándola sin piedad. El orgasmo la golpeó como un rayo, sacudiendo todo su cuerpo mientras sus piernas temblaban y su coño se contraía con espasmos violentos. Se quedó jadeando, con los dedos aún dentro, sintiendo los últimos estremecimientos de placer antes de limpiarse con un pañuelo. Artemisa sonrió, sabiendo que esto solo era el principio de su día de placer.