Polla americana empalando a estudiante universitaria caliente
La morrita de la uní ya venía con los calzones más mojados que un charco después de la lluvia cuando vio esa verga gorda y rosada colgando frente a su cara. No pudo resistirse más, abrió la boca como una puta hambrienta y se la tragó hasta el fondo sin pensarlo dos veces, sintiendo cómo le rozaba la campanilla con cada embestida. Él le agarró la nuca con fuerza, empujándola más abajo mientras ella jadeaba con los ojos llorosos pero sin soltar ni un milímetro, los labios bien estirados alrededor de esa polla que le llenaba toda la boca. Cuando por fin la sacó, le escupió un hilo de saliva babosa antes de lamerle los huevos apretados, gruesos y pesados que le colgaban entre las piernas. Él le dio un cachetazo en la mejilla mojada y le ordenó que se quitara el short ajustado, dejando al descubierto un coño depilado y brillante que ya goteaba sin control. La empujó contra el escritorio en diagonal, le levantó una pierna y se la clavó por detrás con un gemido ronco que le hizo temblar las tetas pequeñas y duras contra la madera fría. No le importó que la puerta del dormitorio estuviera entreabierta ni que cualquiera pudiera ver cómo le empotraba el culo con fuerza, cada embestida haciendo que sus nalgas rebotaran con un sonido húmedo y repetitivo. Ella gritó cuando el glande le golpeó el punto más sensible, mordiéndose el labio inferior hasta sacarle sangre mientras él le agarraba las caderas con uñas afiladas, dejando marcas rojas que se mezclaban con el sudor que le resbalaba por la espalda. Cuando sintió que él se ponía más brusco, se corrió con un orgasmo salvaje que le hizo contraer el coño como un torno alrededor de esa polla que la estaba destrozando por dentro, chorros espesos de leche caliente le inundaron el útero mientras ella se desplomaba sobre el colchón jadeando, con las piernas temblorosas y el coño tan abierto que le dolía. Él no se detuvo ahí, le dio la vuelta como un trapo y se la folló de frente, agarrándole las tetas pequeñas para cabalgarla como una yegua en celo hasta que le salió otro chorro espeso que le resbaló por la entrepierna y le dejó las sábanas manchadas de blanco y amarillo. La chica solo atinó a gemir con la voz rota, los muslos llenos de semen pegajoso y la piel quemada por el sudor y las marcas de sus dedos.