Yeico monta verga de su primer amante con furia
Yeico no podía sacarse de la cabeza cómo ese hombre la había dejado con las ganas. Ahora, con las bragas mojadas y el culo temblando, se montaba sobre su polla como si fuera la última vez. Cada vez que bajaba, sentía cómo la verga le rozaba el cuello del útero, y gemía sin pudor, sabiendo que él la miraba con los ojos llenos de celos. Le encantaba cómo la agarraba de las caderas, clavándole los dedos mientras ella se movía como una diosa, haciendo sonar los chasquidos de sus cuerpos al chocar. El sudor le caía por los pechos, y cada embestida la acercaba más al orgasmo, pero no quería correrse todavía. Quería que él sufriera viéndola disfrutar, que recordara que ella ya no era suya. Cuando por fin se dejó ir, el placer la recorrió entera, y solo entonces se dio cuenta de que lo único que le importaba era su propia satisfacción, no la rabia de nadie.