Hermana de leche me mete la polla en la boca
Desde que llegó a vivir con él, no paraba de mirarle el bulto por los pasillos mientras se mordía el labio... Hasta que una noche, borracha de tragos y de ganas, entró en su cuarto con el vestido pegado al coño mojado y sin mediar palabra le agarró la verga por encima del pantalón. Él no opuso resistencia cuando ella se la sacó, dura como un hierro y goteando gotas de líquido preseminal que le resbalaron por los nudillos al agarrare con los dedos gruesos. La muy puta se la llevó a la boca sin aviso, con los ojos clavados en los suyos mientras le chupaba la cabeza como si fuera un helado derretido, babeando saliva espesa que le caía por la barbilla y le empapaba los huevos. Él le sujetó la cabeza con las dos manos y le empotró hasta el fondo de la garganta una y otra vez, obligándola a tragar saliva y prejuicios mientras los gemidos ahogados se le escapaban por la nariz entre espasmos de arcadas. Ella se retorció con la polla clavada en la boca, los pechos pequeños pero firmes rebotando al ritmo de las embestidas, los pezones duros como piedras que él pellizcaba sin piedad mientras le escupía en la lengua y le exigía más. La piel le ardía de vergüenza y excitación cuando él le agarraba del pelo y le metía hasta la garganta, hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas y el coño le ardía de ganas de que le metiera algo más que los dedos. Cuando por fin la soltó, ella se limpió los restos de babas de la boca con el dorso de la mano y se lamió los labios húmedos antes de suplicarle que no la dejara así, con el coño chorreando y el culo apretando como un tornillo. Él no necesitó que se lo pidiera dos veces: la tumbó boca arriba en la cama, le abrió las piernas y se la clavó hasta el fondo con un gruñido ronco, sintiendo cómo su coño estrecho se aferraba a su verga como un guante mientras ella gritaba su nombre y se corría en menos de un minuto, empapando las sábanas con chorros de leche espesa que le resbalaban por las nalgas. La folló como un animal durante horas, cambiando de postura cada vez que ella se corría, hasta que al amanecer los dos quedaron exhaustos, sudorosos y con los cuerpos pegajosos de sudor y de otras cosas más íntimas.