Mi ex no aguantó y terminamos follando feroz
Ya llevaban cinco años sin verse cuando ella cruzó esa puerta con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva de su culito prieto y ese pelo largo que le caía sobre los hombros como seda negra. Él no pudo evitar quedarse paralizado al notar cómo sus bragas blancas se le pegaban al coño mojado por los recuerdos de cuando se lo comía entero, lamiendo cada pliegue hasta que ella gritaba su nombre entre gemidos ahogados. Sin pensarlo dos veces, la agarró de la cintura, la empujó contra la pared del recibidor y le arrancó ese trozo de tela que apenas le cubría el coño ardiente. Ella soltó un jadeo al sentir el aire frío chocando contra su piel caliente, pero no opuso resistencia cuando él le levantó una pierna y la empaló contra la pared con su polla gruesa y palpitante, que se clavó en su vagina empapada hasta el fondo. Los dos gimieron al unísono, ella clavando las uñas en la espalda masculina mientras él le mordisqueaba el cuello y le azotaba el culo redondo con cada embestida brutal que le hacía vibrar las tetas contra su pecho sudoroso. Los sonidos húmedos de sus cuerpos chocando resonaban en el salón vacío, mezclados con los gritos de ella pidiendo más y los gruñidos graves de él mientras le llenaba el coño de leche espesa, sintiendo cómo su jugo resbalaba por las piernas de ambos en espasmos incontrolables. Cuando por fin se dejó caer al suelo, exhaustos y jadeantes, ella se quedó mirando su polla aún medio dura, brillante con los restos de sus fluidos, y le susurró al oído que no se fuera nunca más. Él, sin palabras, solo sonrió mientras le lamía el sudor de los labios y le juraba que esa noche no había sido suficiente, que al día siguiente volvería a devorarle el coño como un animal hambriento.