Mi marido me empotra duro mientras mi amigo mira
Ella siempre había sentido esa tensión cuando su marido se reía con su mejor amigo, esas miradas que le ponían la piel de gallina y le mojaban el coño sin remedio. Esa noche no pudo resistirse más: se quitó el vestido mientras los dos hombres se emborrachaban en el salón, mostrando sus tetas firmes y ese culo redondo que llevaba semanas torturando a ambos con sus curvas. Su marido, con la polla ya dura como piedra, la agarró del pelo y la empujó contra el sofá, mientras el amigo se acercaba por detrás, lamiendo ese coño empapado que olía a sexo y a locura. Ella gimió fuerte cuando sintió la verga gruesa del marido hincándose en su raja, empalándola sin piedad mientras las embestidas le hacían botar esos pechos enloquecedores. El amigo no pudo aguantar más y se acercó, metiéndole la polla en la boca para que le chupara con desesperación, ahogándose con el sabor salado de su propio sudor mezclado con el pre-semen que ya le goteaba. Los gemidos se mezclaban con los sonidos húmedos de las carnes chocando, el sonido de los muslos mojados por los jugos que le resbalaban por las piernas, mientras ella se retorcía entre dos vergas dispuestas a destrozarle el chiquito de una vez por todas. El marido la agarró de las caderas y la embistió con tanta fuerza que le hizo gritar, sintiendo cómo su coño se abría al máximo para recibir cada embestida brutal que le llegaba hasta lo más profundo. El amigo, ya al borde, se corrió en su boca sin avisar, pero ella no se detuvo: siguió chupando hasta que el marido, con un gruñido animal, la llenó por dentro con su leche caliente, dejándola temblando entre gemidos y espasmos. Cuando terminaron, los tres quedaron jadeando en el suelo, con ella completamente rendida, el coño palpitante y ese chiquito adolorido pero más satisfecho que nunca, como si supiera que acababa de vivir la follada más intensa de su vida.