Esposa caliente deja tocarle el coño en el puesto de fruta
La esposa caliente llevaba un vestido ajustado que le marcaba cada curva mientras se agachaba entre las manzanas rojas del puesto de fruta del mercado. El vendedor, un tipo rudo con las manos callosas y una verga que le abultaba los pantalones, no pudo resistirse a las miraditas que le lanzaba desde que llegó. Sin decir ni pío, ella se inclinó más de la cuenta para alcanzar un melón jugoso y dejó que su escote se le desbordara, rozando sin querer el mango que tenía en la mano. El vendedor tragó saliva al ver cómo la tela fina de su vestido se le pegaba al coño mojado, marcando cada pliegue húmedo que le sudaba entre las piernas sin que nadie más se diera cuenta. '¿Necesitas ayuda con algo más, guapa?', le susurró él mientras le pasaba un dedo por el antebrazo, haciendo que a ella se le erizara la piel y un gemido ahogado se le escapara de los labios. Sin pensarlo dos veces, la esposa le agarró la polla dura por encima de la tela y se la masajeó con movimientos lentos y calculados, sintiendo cómo el vendedor se ponía más duro si eso era posible. Él no perdió el tiempo y, con un empujón, la empujó contra el mostrador de madera, arrancándole el tanga de un tirón para dejarle el coño al aire, brillante y listo para ser devorado. La esposa gritó de placer cuando él le metió dos dedos dentro sin aviso, retorciéndolos dentro de ella hasta que el jugo le resbaló por las piernas y se le escurrió hasta los tobillos. El vendedor, con la verga a punto de reventar, se arrodilló entre sus muslos y se la metió hasta la garganta sin preámbulos, chupándole el clítoris con una furia que la dejó temblando de los pies a la cabeza. Ella se agarró al borde del puesto mientras él la empotraba contra la madera, embistiéndola con tanta fuerza que los cajones de fruta empezaron a temblar y las naranjas rodaron por el suelo. El vendedor, al sentir que ella se corría con espasmos que le sacudían todo el cuerpo, no pudo aguantar más y se descargó dentro de su coño bien apretado, llenándola de leche caliente mientras le mordisqueaba el cuello con desesperación. Cuando por fin se separaron, ella tenía las piernas temblorosas, el vestido manchado de jugos y una sonrisa pícara que le iluminaba toda la cara, mientras él se limpiaba los restos de corrida de la verga con un trapo sucio pero satisfecho.