La flaquita del baño se deja empotrar salvaje
Esa morenita flaquita del salón no podía quitarme los ojos de encima desde que entré con el uniforme ajustado, así que cuando la vi encerrándose en el baño del instituto no lo dudé ni un segundo. Le seguí sin hacer ruido, el corazón me latía fuerte al ver cómo se mordía el labio inferior mientras se apoyaba contra el lavabo, dejando que la falda se le subiera hasta mostrar el culo prieto y la tanguita empapada que se le pegaba entre las nalgas. Sin mediar palabra, le agarré la coleta y le eché la cabeza hacia atrás para que sintiera mi polla dura rozándole el cuello, lista para ahogarla en saliva antes de metérsela hasta la garganta sin piedad. La muy zorra gimió con voz de pánico cuando notó el glande abriéndole los labios, pero no tardó en arquear la espalda y abrir más la boca para tragarme entero, ahogándose con mis embestidas mientras le escupía babas por toda la cara y el pecho. La sujeté por las caderas y la levanté como si no pesara nada, clavándole la verga hasta el fondo mientras ella se agarraba al espejo hecho añicos por los golpes, su coño estrecho chorreando jugos que resbalaban por los muslos y mojaban el suelo de baldosas. Le encantaba que la tratara como a una putita sumisa, gritando cada vez que la embestía como si fuera su primer polvo, con las tetas pequeñas y duras rebotando al ritmo de mis embestidas brutales. Cuando por fin me corrí, le llené la boca hasta que se atragantó, escupiendo parte del semen por las comisuras mientras se limpiaba con los dedos para metérselos después en la boca, lamiendo cada gota como si fuera su postre favorito. La dejé temblando contra la pared, con el culo lleno de mis corridas que le resbalaban por las piernas, y solo entonces me di cuenta de que en los altavoces del pasillo ya sonaba el timbre del cambio de clase, pero a los dos nos importaba una mierda lo que dijeran los demás.