Reina de nieve caliente se deja empotrar en su castillo
La reina de nieve llevaba días mirando con esos labios rojos y carnosos cada vez que el tipo pasaba frente a su torre, con esa capa blanca que apenas le cubría los pechos duros y puntiagudos. Al abrirle la puerta, él no pudo evitar clavar la vista en sus pezones rosados que se marcaban bajo el vestido de hielo, y en ese coño empapado que se notaba incluso a través del fino tejido azulado. Ella se quitó la capa de un tirón y dejó caer el vestido, mostrando un cuerpo blanco como la nieve pero con curvas que ardían como el fuego, sobre todo cuando se agachó para chuparle la polla gruesa y venosa que ya le baboseaba los labios. Él la agarró del pelo rubio platino y le empotró la verga hasta la garganta, haciéndola toser mientras le corría saliva por las tetas redondas y pesadas. La reina gemía como una perra en celo, con los muslos temblorosos y el coño chorreando tanto que el líquido helado se mezclaba con su excitación caliente. Él la levantó en peso y la apoyó contra la pared de cristal del castillo, clavándole la polla hasta el fondo mientras le mordía el cuello y le apretaba las nalgas blancas como la leche. Cada embestida le hacía estremecer el cuerpo entero, desde los pezones duros como piedras hasta el coño que chupaba la polla con avidez, sintiendo cómo se le hinchaban los labios internos al ritmo de sus gemidos agudos y desesperados. Él le agarró las piernas y se la folló a lo perro, con las nalgas apretadas contra su pelvis y la polla enterrada hasta las pelotas, sintiendo cómo el coño le ordeñaba cada centímetro de carne con contracciones violentas. Cuando sintió que se le venía la corrida, la sacó de golpe y le llenó la cara de leche espesa, rociándole los labios, la nariz y hasta los ojos, mientras ella se corría de puro morbo al ver cómo le temblaban las piernas y le caían gotas de esperma por el mentón. Él le apretó las tetas contra la pared y le volvió a empotrar la verga, esta vez hasta hacerla gritar con una mezcla de dolor y placer que resonó en todo el castillo, mezclándose con los sonidos húmedos de sus cuerpos chocando sin piedad.