Pretita sexy se deja follar todos los días sin parar
Desde que la vi por primera vez con ese short ajustado y esos tatuajes moviéndose en la esquina del bar, supe que no podía dejar que esa perra caliente se me escapara. Cada vez que se mordía el labio al caminar, mi polla se ponía más dura que una piedra y no había forma de resistirme. Hoy la traje a mi departamento sucio y sin importarme una mierda le arranqué la camiseta para dejar sus tetas naturales al aire, duras y con esos pezones que pedían a gritos que los chupara hasta dejarlos rojos. Se rio con esa boca sucia mientras se agachaba para desabrocharme el pantalón y sacarme la verga gruesa que ya goteaba pre, entonces se la metió toda en la boca sin pensarlo dos veces, ahogándose un poco pero sin parar hasta que le escupí en la cara cuando le dije que se quitara la tanga mojada por su propio coño ansioso. La empujé contra la pared del baño y le levanté las caderas para empalarla de una sola vez, sintiendo cómo su conejito se apretaba contra mi polla mientras gritaba que no podía más, pero sus uñas en mi espalda decían lo contrario. La follé contra el espejo empañado, viendo cómo su culo redondo rebotaba con cada embestida fuerte y cómo su melena negra se enredaba en mis dedos mientras le mordía el cuello hasta dejarle marcas que sabía que se llevaría a casa. Cuando por fin se corrió, su coño chorreó tanto que resbalé al sacarla y tuve que limpiarla con la lengua, lamiendo cada gota de su leche mientras gemía como una puta desesperada por más. Le di la vuelta sobre la cama deshecha y la penetré desde atrás, agarrándole las tetas con fuerza mientras le decía que era mía, que ese coño estrecho solo era para mi verga y que no pensaba parar hasta dejarla llena de mi leche espesa. Se corrió otra vez gritando mi nombre, con las piernas temblorosas y el cuerpo completamente empapado en sudor y sus propios jugos, entonces le solté el pelo y le metí la polla hasta el fondo hasta que exploté dentro de ella, llenándola de corridas calientes que vi cómo se escurrían por sus muslos cuando por fin la dejé caer sobre las sábanas revueltas y mojadas.