Novia alemana gordita se empotra con culo duro y grande
Desde que la conoció en la fiesta de la universidad, él no podía sacarse de la cabeza su culo respingón bajo el vestido ajustado que le marcaba cada curva. La alemana gordita, con sus tetas pequeñas pero bien firmes y ese culazo que le temblaba al caminar, le susurraba al oído cada vez que quedaban que quería que la empotrara bien fuerte por detrás. Él no se hizo de rogar y la llevó directo al sofá de su apartamento, donde al instante le arrancó el tanga negro mientras ella se ponía de rodillas para chuparle la polla gruesa y palpitante sin perder ni un segundo. Entre gemidos ahogados y susurros en alemán mezclados con improperios, él la levantó en volandas agarrándola de las caderas anchas y la clavó contra la pared, sintiendo cómo su coño bien mojado se abría para recibirlo de una sola embestida. Ella chilló de placer cuando la polla le entró hasta el fondo, sintiendo cada centímetro de carne viril estirándole las paredes vaginales mientras él la embestía con fuerza, haciendo que sus tetas pequeñas rebotaran al ritmo de los golpes. El sonido de los azotes en su culo gordo resonaba por todo el cuarto, mezclado con los gritos de ella pidiendo más, más fuerte, más profundo. Él la giró al instante y la puso boca abajo sobre la mesa, agarrándole el pelo rubio con fuerza mientras le metía la polla hasta la garganta, sintiendo cómo ella se ahogaba un poco pero no se apartaba ni un milímetro, con las uñas clavadas en la madera para no caerse de lo intenso que era. Cuando por fin la soltó y la volvió a empotrar contra la pared, ella se corrió gritando su nombre entre espasmos, con el coño chorreando leche espesa por todas sus piernas mientras él no se detenía ni un segundo, follándola como una puta descontrolada hasta que se le vino encima con un gruñido ronco, llenándole el vientre de semen caliente mientras ella se retorcía de placer bajo su peso. El sofá quedó hecho un desastre, el tanga hecho jirones y los dos sudorosos y satisfechos, jadeando como si acabaran de correr una maratón pero con las sonrisas más perezosas y felices del mundo.