Pecas ardientes hacen brotar el coño mojado de la rubia
Desde que la vio bajar las escaleras con esa camiseta ajustada que le marcaba unos pechos pequeños pero muy duros y unos pezones que se le notaban tiesos bajo el tejido, no pudo sacársela de la cabeza. Se masturbaba cada noche imaginando cómo sería hundir los dedos en ese coño depilado y jugoso, lleno de jugos que ya le hacían babear solo de pensarlo. Esa tarde, después de ponerse los auriculares y dejar que la música electrónica le subiera el ritmo cardíaco, se quitó las bragas nuevas que tenía puestas y las guardó en el cajón de los tesoros secretos. Con los muslos bien abiertos y los ojos clavados en el espejo del baño, se metió dos dedos en la rajita resbaladiza y empezó a masturbarse con movimientos circulares, gimiendo bajito mientras se imaginaba que eran los de alguien más grande, grueso y caliente. El vibrador pequeño que siempre llevaba en el neceser lo encendió al máximo y lo deslizó entre sus pliegues empapados, sintiendo cómo el placer le recorría la espalda como un relámpago. Se corría en oleadas, con el coño chorreando líquido por todas partes, mojando el suelo del baño y manchando el espejo donde se reflejaba su cara de puta satisfecha. Las bragas nuevas, ahora empapadas con su esencia, las guardó en una bolsa con otras docenas de tesoros sucios, pero estas eran especiales: eran de ella, de su excitación, de su necesidad de ser follada por alguien que la empotrara con fuerza. El olor a coño mojado y a perfume barato le subía a la nariz cada vez que abría la bolsa, recordándole que su coño era un pozo infinito de placer que solo esperaba a que un tipo de verdad le diera lo que necesitaba. Y ella, con esos pechos pequeños pero firmes, esos muslos blancos y esa piel llena de pecas, sabía que no tardaría en encontrar a alguien que la llenara de una vez por todas.