La polla de Vikki no aguanta más y la empotra duro
Vikki traía semanas mordiéndose los labios cada vez que él se le acercaba, con esos culos redondos apretados bajo los jeans ajustados y ese coño mojado que no paraba de gotearle por el calor que le subía desde el vientre. Esa noche, en su cuarto oscuro con la puerta bien cerrada, él le arrancó la blusa de un tirón y le mordisqueó los pezones hasta que ella soltó un gemido ahogado, sintiendo cómo su polla se ponía más dura que un palo al verla retorcerse entre sus brazos. Sin decir ni media palabra, la empujó contra la pared y le bajó el short con desesperación, dejando al descubierto un coño peladito, brillante y listo para ser follado como ella tanto deseaba. Él se la clavó de una sola embestida profunda, sintiendo cómo sus paredes vaginales lo apretaban como un guante mientras ella gritaba de placer, con las uñas clavadas en la madera de la pared. Vikki no pudo resistirse más y se dejó llevar, balanceando las caderas al ritmo de sus empellones brutales, con los muslos temblorosos y el aliento entrecortado mientras él le gruñía al oído lo puta que estaba por aguantar tanto antes de correrse. Cuando él le agarró el pelo y le obligó a arrodillarse, Vikki no dudó en abrir bien la boca, tragándose toda su polla hasta que le rozó el fondo de la garganta, sintiendo el sabor salado del pre que le escurría por la comisura mientras él le sujetaba la cabeza con fuerza. Los gemidos se volvieron más fuertes cuando él la levantó en volandas y la tiró sobre la cama, con las piernas abiertas de par en par, dejando que su culo vibrante se elevara para recibir cada empujón brutal que le estaba dando. Ella no paraba de repetirle lo bien que le llenaba, cómo su polla la partía en dos cada vez que se la clavaba hasta el fondo, mientras él le azotaba el culo con la mano y le ordenaba que se callara para no despertar a la vecina. Pero Vikki no podía callarse, porque cada embestida le arrancaba un quejido nuevo, cada rozamiento de su clítoris contra su pelvis la llevaba más cerca del orgasmo que ya le quemaba por dentro como lava. Cuando él por fin se enterró hasta las bolas y se corrió dentro de ella con un gruñido animal, Vikki sintió cómo su coño se contraía en espasmos, ordeñando hasta la última gota de leche que le quedaba en los huevos, dejando sus muslos completamente empapados y su respiración convertida en un jadeo desesperado que solo se calmó cuando él se dejó caer a su lado, exhausto y con la polla aún goteando.