Mikaelli me dejó follar a su esposa en el motel
El olor a sudor y perfume barato me envolvía mientras ella me susurraba al oído, 'esto no debería pasar, pero no quiero parar'. El motor de mi auto aún estaba caliente cuando entramos al cuarto, la falda de Mikaelli ya subida hasta la cintura, su coño rosado y brillante me llamaba. Le arrebaté el sostén de un tirón, sus tetas firmes rebotando mientras la agarraba del pelo, '¿te gustaría estar en su lugar, pendejo?' pensé, sabiendo que su marido nunca la haría gemir así. Su culo perfecto, tatuado y prieto, se movía al ritmo de mis embestidas, cada vez más fuerte. Me encantó sentir cómo su coño se apretaba alrededor de mi polla, su espalda arqueada mientras miraba por el espejo, imaginando la cara de mi amigo al saber que le llené a su esposa con mi leche espesa. Mikaelli mordía la almohada para ahogar sus gemidos, pero yo quería escucharla gritar, '¡Sí, córrete dentro de mí, cerdo!' hasta que el cuarto olía a sexo y culpa. Ahora, cada vez que nos cruzamos, sé que ambos pensamos en aquel día en el motel, donde el deseo prohibido nos volvió adictos.