Mi madrastra rubia me vuelve loco en la playa
Me estaba tomando un trago de cerveza fría cuando la vi recostada en la toalla, su cuerpo bronceado brillando bajo el sol mientras se ajustaba las braguitas de encaje. No podía creer que mi madrastra, esa mujer de curvas perfectas y tetas enormes, estuviera tan cerca de mí, ajena a lo que su presencia me hacía sentir. Desde que mi padre se fue con esa perra de su secretaria, juré que algún día la haría pagar, y ahora tenía la oportunidad perfecta. Me acerqué sigiloso, fingiendo que solo quería tomar el sol a su lado, pero mi polla ya estaba dura como roca bajo el pantalón. Ella me miró con esa sonrisa pícara que siempre me derretía y me preguntó si quería ayudarle a untarle crema en la espalda. No lo dudé ni un segundo, mis manos temblorosas recorrieron su piel suave, deslizándose hacia abajo hasta rozar el borde de sus bragas. Su coño estaba tan mojado que casi podía oler su excitación, y cuando metí un dedo dentro, gimió tan fuerte que tuve que taparle la boca con la otra mano. La hice girar sobre la toalla, le arranqué el bikini de un tirón y me senté a horcajadas sobre su cara, obligándola a chuparme la verga mientras yo le metía los dedos en su chocho apretado. Sus tetas rebotaban con cada movimiento, los pezones duros como piedras, y cuando no pudo más, la volteé y la empotré contra la arena, clavándosela hasta que sus muslos temblaron. Me corrí sobre su culo perfecto, marcándola como mía para siempre, y cuando me levanté, vi el rastro blanco que dejé en su piel. Sus bragas rotas quedaron tiradas en la arena, un recordatorio de lo que había pasado.