Kenzie Taylor desafía a Isiah Maxwell con un masaje de nuru que se vuelve salvaje
Esa tarde en el spa privado, Kenzie Taylor se movía como una diosa entre el aceite y el gel, sus tetas enormes balanceándose con cada roce. Isiah Maxwell, el masajista de ébano, no podía creer que esa milf rubia lo retara a ver quién aguantaba más. Ella se recostó sobre la mesa, su coño ya mojado antes de que él siquiera la tocara, y le susurró al oído: '¿Crees que puedes manejar esto?' Sus dedos resbaladizos se deslizaron por su espalda, bajando hasta el culo redondo, mientras él respondía con un gruñido, apretando su polla dura contra su cadera. La apuesta estaba hecha: él juró hacerla gemir sin piedad, y ella prometió no pedir clemencia. Cuando sus manos se hundieron entre sus muslos, Kenzie arqueó la espalda, sus pezones duros como diamantes, y gimió al sentir cómo los dedos de Isiah entraban sin avisar, curvándose para rozar ese punto que la hacía enloquecer. Él no perdió tiempo, la giró de golpe y la penetró de una estocada, su verga negra desapareciendo entera en ese coño caliente. Las embestidas eran profundas, cada choque de sus caderas resonaba en la habitación, y Kenzie, lejos de rendirse, lo incitaba a ir más fuerte. 'Dame más, negro, ¿o te asusta mi cuerpo?' le escupió entre jadeos, mientras sus uñas se clavaban en su espalda. Isiah la agarró por las caderas y la empotró contra la mesa, sus bolas golpeando su culo con cada movimiento, hasta que ella no pudo evitar gritar al sentir cómo su orgasmo la recorría. Pero él no se detuvo, siguió follándola con furia, sus gemidos mezclándose con el sonido del gel derramándose. Cuando al fin se corrió dentro de ella, Kenzie sonrió con malicia, sabiendo que había ganado la apuesta: él era el que respiraba como un animal, no ella. Mientras se limpiaba el sudor de la frente, solo pensaba en una cosa: ¿cuándo podría volver a retarlo?