Madrastra voluptuosa se masturba en la playa con gemidos
El sol quemaba fuerte mientras ella se retorcía sobre la toalla blanca, los muslos bien abiertos dejando ver el brillo de su coño depilado bajo las bragas de encaje negro que apenas le tapaban el monte de venus. Cada vez que se frotaba el clítoris con los dedos mojados de sus propios jugos, soltaba un gemido ronco que se perdía entre el rumor de las olas, imaginando que eran otros labios los que le lamían el coño bien húmedo desde atrás. Su hijastro, escondido tras unas gafas de sol y con la polla dura como una roca bajo el bañador, no podía apartar la vista de ese cuerpo maduro que se movía sin pudor, la espalda arqueada para ofrecer mejor su culo prieto y esas tetas enormes que se balanceaban con cada respiración agitada. Cuando él no aguantó más, se acercó sigilosamente y le susurró al oído lo caliente que la tenía, mientras le bajaba las bragas de un tirón dejando al descubierto un coño peludo y perfectamente depilado en los bordes. Ella no protestó, solo abrió más las piernas y dejó que él le metiera dos dedos gruesos dentro, sintiendo cómo su interior se contraía de placer al escuchar el chapoteo de sus propios fluidos. La arena se clavaba en su culo redondo mientras él la empotraba contra la toalla, la polla gruesa y venosa hundiéndose hasta el fondo con cada embestida profunda que le arrancaba gritos de éxtasis, sus tetas rebotando con fuerza contra su pecho sudoroso. Cuando sintió que el orgasmo le recorría la espalda como un rayo, ella se corrió gritando su nombre, los jugos resbalando por sus muslos mientras él, sin pensarlo dos veces, le llenaba el coño palpitante con su leche caliente hasta dejarla completamente empapada y satisfecha bajo el cielo azul del atardecer.