La playa fue el primer polvo con mi hermanastro y me encantó
Ella llevaba días mordiéndose el labio cada vez que él se quitaba la camiseta en la playa, pero nunca se atrevió a decir nada. Hasta que una tarde de sol, después de un par de cervezas, él la arrastró detrás de unas rocas y le susurró al oído lo que llevaba tiempo imaginando. Su coño ya estaba mojado antes de que le bajara el bikini y le metiera dos dedos para probar, sintiendo cómo se le humedecían las bragas al instante. Él se la empotró contra la pared de piedra con fuerza, le agarró las tetas enormes y le mordió el cuello mientras ella gemía como una puta descontrolada, sin importarle quién pudiera escucharla. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba entre las olas, mezclado con los gritos ahogados de ella suplicando más cuando él le levantó una pierna para clavársela más hondo. Él le agarró el culo prieto con ambas manos y la levantó en volandas, embistiéndola con tanta fuerza que el sudor les resbalaba por la piel salada del mar, hasta que ella se corrió gritando su nombre y le dejó el coño empapado para seguir follándoselo sin piedad. Él no se aguantó más y se la metió hasta las bolas en la boca, dejándole el pelo rubio enredado entre los dedos mientras le llenaba la garganta de leche caliente hasta que ella tragó cada gota sin perder el ritmo de sus gemidos. Después, exhaustos y con la piel pegajosa de sal, se quedaron tirados en la arena, ella con las piernas temblorosas y él con la polla aún dura, mirándose sin aliento mientras se daban cuenta de que ese polvo en la playa había sido solo el principio de lo que vendría.