La maestra de yoga cachonda recibe una follada intensa
Cada vez que la profesora de yoga se inclinaba hacia adelante para ajustar una postura, su culo prieto y redondo se marcaba perfectamente bajo ese ajustado leotardo negro que usaba en clase. El pobre diablo que la seguía desde hacía semanas ya no pudo resistirse cuando ella, sin darse cuenta, se quedó sola en el estudio después de la última sesión. Se acercó sigilosamente por detrás, le pasó una mano por la cintura y le susurró al oído que esa postura de yoga le estaba volviendo loco. Ella, sin pensarlo dos veces, se dejó caer de rodillas sobre la colchoneta y le soltó la verga dura como un fierro que le palpitaba contra el vientre, gruesa y palpitante, lista para ser chupada hasta el fondo. La maestra abrió bien la boca y se tragó cada centímetro de esa polla enorme, moviendo la lengua en círculos alrededor de la cabeza mientras gemía bajito, sintiendo cómo se le mojaba el coño al escuchar los gruñidos de placer que escapaban de su garganta. Él, sin perder tiempo, la agarró por las caderas y la levantó de un tirón, empujándola contra la pared del estudio para empalarla por detrás con una embestida brutal que la dejó sin aire. El culo le temblaba al ritmo de cada golpe seco, los muslos le ardían de tanto esfuerzo y los pechos le rebotaban libres bajo el top ajustado, apretados y suaves al tacto. Ella gritaba cada vez que la polla le llegaba hasta el fondo, sintiendo cómo se le llenaba el coño de leche caliente hasta chorrear por las piernas cuando él se corrió dentro sin avisar, dejando su interior bien empapado y pegajoso. Pero el muy cabrón no se conformó con eso, sino que la volteó boca arriba sobre la colchoneta, le subió las piernas hasta sus hombros y se la folló de pie, con los talones de ella clavados en su espalda mientras le clavaba la verga una y otra vez hasta hacerla correrse en un orgasmo que le sacudió todo el cuerpo. El sudor les resbalaba por la piel, los jadeos se mezclaban con los sonidos húmedos de la penetración y al final, exhaustos y satisfechos, se dejaron caer juntos sobre el suelo, con las tetas de ella aún palpitando y el coño lleno de leche que poco a poco se escurría entre sus muslos.