Cada vez que me empotra hasta dejarme llena de leche
La primera vez que me agarró por la cintura y me clavó esa polla gruesa que tiene, sentí el coño arder como si me hubieran metido un hierro al rojo vivo. No era solo el tamaño, sino cómo la movía, como si supiera exactamente dónde me hacía falta para que el placer me partiera en dos. Me empujó contra la pared del baño, con las tetas aplastadas contra los azulejos fríos, mientras me susurraba al oído lo buena que estaba mi boca y lo mucho que le gustaba mi culo redondo. Ni siquiera me dio tiempo a quejarme cuando ya estaba dentro, empalándome con embestidas lentas pero brutales que me hacían gemir como una perra en celo. Cada vez que sacaba el tronco hasta la punta y luego me la hundía hasta el fondo, notaba cómo mi coño se abría como una flor bajo la lluvia, chorreando jugos por todas partes sin poder controlarlo. Él no perdía el ritmo ni un segundo, con los huevos bien pegados a mi entrada cada vez que me llenaba hasta las entrañas, haciendo que me corriera sin aviso con espasmos que me dejaban temblando. Sus manos no paraban de recorrerme: una apretándome un pecho hasta dejarle marca, la otra bajando para jugar con mi clítoris hinchado mientras me follaba contra el lavabo. Cuando por fin se corrió, me agarró fuerte de las caderas y me empotró hasta el fondo una última vez, llenándome el útero de leche caliente que se escurría por mis muslos al separarnos. Quedé pegajosa, con el coño goteando su leche espesa y el culo marcado por sus dedos, mientras él se reía satisfecho al verme así, completamente rendida y satisfecha. Nunca había sentido algo tan intenso, tan animal, como cuando me usa para descargar toda esa leche que lleva dentro sin importarle si me ahogo en ella.