Esposa sin bragas muestra su coño depilado en casa
Llevaba semanas jugando con la idea de que algún día la atraparían en plena exhibición, pero hoy la necesidad de sentir el aire fresco en su conejito depilado pudo más que el miedo a que la descubrieran. Se quitó las bragas a escondidas mientras su marido estaba en el trabajo, dejando solo una bata fina que apenas cubría sus tetas enormes y su culo redondo marcado por las horas en el gimnasio. Se asomó por la ventana del baño con la respiración agitada, mordiéndose el labio inferior mientras observaba a los vecinos pasar, imaginando que alguno de ellos notaba el brillo húmedo entre sus muslos. Con un suspiro profundo se abrió la bata y dejó que el sol le lamiera los pezones duros como piedras, frotando sin pudor su coño depilado contra el marco de la ventana. De pronto escuchó pasos cerca de la puerta principal y, en lugar de esconderse, se acercó con una sonrisa pícara, sabiendo que si la descubrían la cosa se pondría caliente de verdad. El vecino mayor pasó justo en ese momento y al verla así, con las tetas al aire y el coño brillante, se le atragantó la cerveza que llevaba en la mano. Ella no perdió tiempo, agarró al viejo por el cinturón y lo jaló hacia adentro, cerrando la puerta de un golpe mientras le susurraba al oído que le iba a hacer pagar caro por mirarla. Lo empujó contra la pared del pasillo y le bajó los pantalones en un santiamén, sacando a relucir una polla gruesa que ya goteaba pre-semen, lista para empotrarle ese coño que llevaba horas deseando llenar. Él no pudo resistirse, le agarró las tetas con ambas manos y se las apretó hasta que ella gritó de placer, sintiendo cómo la punta de su verga resbaladiza se abría paso entre los labios de su conejito bien mojado. Las embestidas fueron brutales desde el primer segundo, el culo de ella chocando contra sus muslos mientras él la empalaba sin piedad, los gemidos ahogados mezclándose con el sonido de los cuerpos chocando y el olor a sexo caliente inundando el aire. No pasó ni cinco minutos antes de que ella sintiera el primer temblor de su orgasmo, apretando su coño alrededor de su polla como si no quisiera soltarla nunca, mientras él gruñía y se corría dentro de ella con un chorro espeso que le llenó el útero hasta el borde. Cuando terminaron, ella se quedó tirada en el suelo del pasillo con las piernas abiertas, el coño chorreando leche y una sonrisa de satisfacción dibujada en la cara, mientras el viejo vecino se vestía con las manos temblorosas y juraba que la próxima vez sería él quien la encontrara sin bragas.