Venus Lilith se deja empotrar al aire libre en la playa
Venus Lilith llegó con ese vestidito blanco tan ajustado que apenas le tapaba las tetas prietas y el culo redondo, y él no pudo evitar clavarle la mirada en cuanto la vio bajarse del coche con esos tacones que hacían temblar sus piernas de morbo. Sin perder ni un segundo, la agarró de la cintura, la pegó contra el capó del auto y le arrancó el vestido de un tirón mientras ella soltaba un gemido ahogado entre risas nerviosas y jadeos anticipados. Él le pasó la lengua desde el cuello hasta el ombligo, mordisqueándole los pezones duros como piedras mientras ella le arañaba la espalda pidiendo más, con el coño ya empapando el tanga que él le arrancó sin piedad. La tumbó sobre la arena húmeda, le abrió las piernas de golpe y se clavó dentro de ella con un empujón brutal que la hizo gritar de placer, sintiendo cómo su polla gruesa le estiraba el coño hasta el fondo mientras sus tetas botaban al ritmo de cada embestida. Ella se aferró a sus hombros, le susurró al oído lo bien que se la metía y le pidió que no parara, que la dejara correrse encima de su verga hasta dejarla llena de leche bien espesa. Él la empotró más fuerte, sintiendo cómo su culo apretado le succionaba el miembro, y cuando ella soltó un chillido agudo al correrse, él no aguantó más: le metió la polla hasta la garganta y le soltó un chorro caliente en la boca mientras ella tragaba cada gota sin desperdiciar ni una gota, con la cara empapada en babas y semen. Cuando terminaron, quedaron tirados sobre la arena, jadeantes, con las tetas de ella aún palpitando y la polla de él medio dura pegada a su muslo, sabiendo que esa noche no había sido un simple polvo, sino una follada que les dejó el cuerpo marcado para siempre.