Lolita furry se deja empotrar duro en la posada
La zorra peluda de orejas puntiagudas llevaba días coqueteando con él desde el mostrador, mordiendo el borde de su copa mientras sus tetas rebotaban bajo el delantal ajustado. Él no pudo resistirse más cuando ella se inclinó sobre la barra, mostrando el culo firme cubierto solo por una tanguita de encaje que ya estaba empapada de sus jugos. Sin perder un segundo, la agarró de las caderas y la levantó sobre la mesa de madera gastada, haciendo volar platos y botellas mientras sus uñas se clavaban en la superficie. La lolita furry gimió fuerte cuando la polla gruesa le rozó el coño depilado, chorreando ya de excitación, y le suplicó que la empalara sin piedad. Con un empujón brutal, se la clavó hasta el fondo, sintiendo cómo su carne caliente se abría para recibirlo, mientras ella arqueaba la espalda y gritaba con voz aguda. Las embestidas eran salvajes, el sonido de sus cuerpos chocando llenaba el lugar mezclado con los gemidos ahogados que salían de su garganta cada vez que él le llegaba al fondo. La mesa crujía bajo su peso, los muebles temblaban, y el sudor les resbalaba por la piel mientras la lolita se retorcía de placer, pidiendo más y más hasta que no pudo aguantar. Un último empujón brutal la hizo correrse con espasmos violentos, apretando su coño alrededor de la verga como si no quisiera soltarla nunca, mientras él se descargaba dentro bombeando todo su semen caliente hasta dejarla llena y temblorosa. Cuando por fin la soltó, la mesa estaba marcada con sus huellas, el suelo cubierto de charcos de sus fluidos, y la lolita furry se derrumbó sobre él, jadeando y con las piernas aún temblorosas de tanto placer.