Joven japonesa se deja follar por primera vez en la cama
Llevaba días imaginando cómo sería sentir una verga gruesa hundiéndose entre sus muslos firmes, y ahora la tenía ahí, acurrucada en la cama con ese culito redondo que pedía a gritos que la empotrasen sin piedad. Se quitó el sujetador ajustado dejando al descubierto unos pechos pequeños pero perfectos, con los pezones ya duros como piedras, y él no pudo resistirse: se abalanzó sobre su cuerpo esbelto, mordisqueando su cuello fino mientras una de sus manos se colaba bajo las bragas de encaje, comprobando que el coño estaba empapado y listo para recibirlo. Ella gimió fuerte cuando sus dedos rozaron el clítoris hinchado, arqueando la espalda mientras él le arrancaba la ropa interior de un tirón, exponiendo aquellos labios rosados y húmedos que suplicaban ser llenados. Con un gruñido animal, se preparó para clavársela hasta el fondo, sintiendo cómo su estrechez lo envolvía como un guante caliente mientras sus caderas se movían al ritmo de las embestidas profundas que la dejaban sin aliento. Cada gemido que escapaba de su boca era música para sus oídos, especialmente cuando él le agarró las piernas delgadas y se las echó sobre los hombros, abriéndola aún más para hundirse hasta las pelotas en su interior, haciendo que su coño chorreante se contrajera alrededor de su verga cada vez que la embestía con fuerza bruta. El sonido de los cuerpos chocando resonaba en la habitación, mezclado con los jadeos de ella, que no podía creer lo bien que le sentaba esa polla enorme destrozándole el coño virgen, mientras sus tetas pequeñas rebotaban con cada movimiento. Los dedos de ella se aferraban a las sábanas, sus uñas clavándose en la tela mientras él la follaba con tanta intensidad que hasta el cabecero de la cama golpeaba la pared, pero a ninguno le importaba el ruido: lo único que importaba era el placer puro que los consumía, el sudor resbalando por sus cuerpos desnudos y la sensación de que aquel polvo iba a dejarles marcados para siempre. Cuando él sintió que el orgasmo se acercaba, aceleró las embestidas, sintiendo cómo su verga se engrosaba dentro de ella, lista para llenarla de leche caliente hasta que no quedara ni una gota dentro de aquel coño que ahora le pertenecía por completo.