Japonesa de tetas grandes se empotra duro estilo perrito
Desde que la vio por primera vez en la calle, con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva de sus tetas enormes y ese culo prieto que se le movía al caminar, no podía sacársela de la cabeza. Esa noche la esperó escondido tras la puerta del bar, con la polla ya dura como piedra y el coño palpitando solo de imaginársela de rodillas. Cuando ella entró con esa sonrisa pícara que le iluminó el rostro, supo que no habría manera de contenerse: esos labios carnosos y ese pelo negro azabache lo estaban matando. Sin decir ni una palabra, la agarró de la cintura y la empujó contra la pared, sintiendo cómo sus tetas gigantes rebotaban al contacto, duras como dos melones maduros. Ella gimió fuerte cuando él le levantó el vestido por detrás, dejando al descubierto un coño depilado y brillante que ya estaba más mojado que un charco en día de lluvia. Con un tirón seco le arrancó el tanga de encaje y la posicionó de cuatro patas, con el culo en pompa y esos muslos abriéndose como si le suplicaran que la llenara hasta el fondo. Él no necesitó más invitación: se clavó dentro de ella con un solo empujón que la hizo gritar como una puta en celo, sintiendo cómo su coño estrecho se aferraba a su verga como un guante caliente. Las embestidas no se hicieron esperar, brutales y profundas, cada una haciendo que sus tetas enormes brincaran como si fueran a salirse del sujetador. Ella jadeaba y maldecía entre gemidos, con los dedos arañando la pared mientras él la empotraba sin piedad, sintiendo cómo su polla durísima chocaba contra su matriz una y otra vez. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba por toda la habitación, mezclado con los gritos ahogados de ella y los gruñidos animales de él, que no podía creer lo bien que le quedaba ese coño japonés. Cuando sintió que el orgasmo le subía por la espalda como un rayo, ella se corrió primero, apretando su polla con espasmos que lo volvieron loco, y él no aguantó más: se enterró hasta las bolas y se descargó dentro de ella con un rugido, llenándola de leche caliente mientras sus tetas seguían temblando con cada contracción. Quedaron jadeando, sudorosos y pegajosos, con el coño de ella goteando leche y esperma por sus muslos, mientras él le mordisqueaba el cuello con dientes que no podían dejar de morder algo en ese momento.