Chiquita japonesa se corría gritando de placer en la cama
Desde que la miró por primera vez en el ascensor del edificio, su diminuto cuerpo con esa cara de muñeca y esos piececitos descalzos le tuvieron más duro que nunca. Ella, consciente de cómo le temblaban las piernas al verla, se quitó el tanga blanco de encaje con un suspiro y se dejó caer de espaldas sobre las sábanas suaves, abriendo bien esas piernitas delgadas que tanto le volvían loco. Con las tetas pequeñas pero erizadas y el culo redondo apretando contra el colchón, empezó a gemir bajito mientras se masajeaba el coño depilado, sintiendo cómo se le humedecía todo al recordar sus dedos gruesos acariciándole la raja. Él no pudo resistirse más, se lanzó sobre ella como un animal hambriento, le arrancó la blusa de seda con los dientes y empezó a morderle los pezones rosados mientras le metía dos dedos dentro del coño chorreante. Las paredes vaginales le apretaban cada vez que empujaba, así que la levantó en el aire agarrándola de ese culito prieto para empotrarla contra la pared, haciendo que sus tacones rojos se balancearan desesperados. Entre gritos y jadeos, ella le suplicó que no se detuviera, que le llenara ese coño estrecho hasta que no pudiera más, y él, con la polla a punto de reventar, la tiró de nuevo sobre la cama y se la clavó de una sola estocada que le hizo arquear la espalda hasta casi romperse. Cada embestida le sacaba gemidos guturales, con los muslos temblorosos y el coño empapado chorreando jugos por todas partes, hasta que finalmente, con un último empujón brutal, se corrió dentro de ella mientras le mordía el hombro para ahogar un alarido de placer que le salió desde lo más profundo del pecho. Cuando la dejó caer sobre las sábanas, ella quedó ahí, con las piernas abiertas, el coño goteando leche y esa sonrisa perezosa de quien acaba de descubrir lo que es follar de verdad.