Hermana pequeña japonesa se masturba y le da su primer oral
Llevaba días fingiendo que no notaba cómo se le escapaban los gemidos cada vez que él pasaba por su cuarto con la toalla colgada al hombro. Hoy la pilló con los dedos enredados en su minifalda de jean, frotando ese coñito peludo y estrechito que tanto lo ponía. Sin pensarlo dos veces, le arrancó el tanga de encaje y le escupió en el coño empapado mientras le gruñía al oído que se dejara de jueguitos. Ella, con la respiración entrecortada y los ojos brillantes de vergüenza mezclada con lujuria, no pudo resistirse cuando él le agarró la cabeza y le clavó la polla hasta la garganta. El sabor a leche recién corrida le inundó la boca mientras los espasmos de su garganta apretaban el tronco como si quisiera tragárselo entero. Él, sudando de lo empalagoso que era el momento, la empujó contra la pared del pasillo y le levantó la falda hasta la cintura para hundirse en ese culito prieto y sin experiencia que tanto le había obsesionado. Las embestidas le sacudían las tetas menudas y le hacían soltar gemidos ahogados entre toses por la polla que le llenaba la boca. Cuando notó que el semen le quemaba la garganta y le resbalaba por las comisuras de los labios, se corrió con un rugido, llenándole la boca hasta que no cupo ni una gota más, obligándola a tragar cada chorro espeso y caliente mientras le agarraba el pelo para que no se apartara. Ella, exhausta y con los muslos temblorosos, se limpió los restos de corrida de la barbilla con el dorso de la mano y lo miró con una sonrisa pícara, lista para que le diera más, porque después de probar esa verga gruesa y caliente ya no había marcha atrás.