Jefa caliente empotra a su empleado en el baño
La jefa llevaba días observándolo con esa mirada de perra en celo mientras él archivaba papeles, pero hoy no pudo resistirse más y lo arrastró al baño de la oficina con un empujón brusco contra la puerta. Antes de que pudiera reaccionar, ella le bajó los pantalones de un tirón, sacó su polla dura como un palo y se la llevó al coño empapado sin mediar palabra, gimiendo como una puta descontrolada mientras se sentaba sobre su verga hasta dejarla bien hundida en su raja. Él gruñó de dolor al principio por lo estrecho que estaba su coño, pero al instante sintió cómo sus paredes vaginales lo apretaban con ansias, como si llevara años esperándolo, y comenzó a embestirla con furia contra la pared fría del baño, haciendo que cada golpe resonara en el espejo empañado por sus jadeos. Ella le clavó las uñas en los hombros mientras su culo rebotaba contra su pelvis, con los muslos temblorosos y el coño chorreando un líquido pegajoso que resbalaba por sus bolas cada vez que él la levantaba para empalmarla de nuevo con más fuerza. Él le tapó la boca con una mano para ahogar sus gritos mientras le levantaba una pierna y le metía la polla hasta el fondo, sintiendo cómo su clítoris rozaba su base con cada embestida, volviéndola loca de placer hasta que sus gemidos se volvieron roncos y entrecortados. La jefa, con los pechos saltando fuera de su blusa arrugada, le suplicó que no se corriera todavía mientras le mordisqueaba el cuello y le chupaba los pezones con desesperación, pero él ya no podía aguantar más: la giró bruscamente, la apoyó contra el lavabo y se la folló de pie, con los glúteos palpitando bajo sus embestidas brutales mientras su coño se contraía alrededor de su miembro como si quisiera ordeñarle hasta la última gota. Cuando por fin eyaculó dentro de ella con un rugido animal, su leche espesa le resbaló por las piernas y formó un charco en el suelo del baño, mezclándose con los jugos que ella había dejado escapar en espasmos incontrolables. No importaba si los encontraron así después de cerrar la oficina, porque en ese momento solo existía el éxtasis de sus cuerpos sudorosos y el olor a sexo que lo impregnaba todo, como un perfume barato pero adictivo que les recordaría para siempre cómo la jefa lo dejó seco hasta que no quedó ni una gota dentro de su coño empalado.