Gordita devora mi concha morena y me chupa el clítoris
La cabrona llegó con un pastel casero en las manos y una sonrisa de oreja a oreja, pero no era para mí. Se sentó en mi sofá con el culo bien plantado y sin quitarse el delantal, mojó sus dedos en la crema de vainilla y se los llevó a la boca mientras sus tetas enormes se balanceaban. Yo ya estaba empapada, con la concha bien abierta y el olor a azúcar mezclado con mi excitación llenando el aire. Sin perder tiempo, se agachó entre mis piernas y me lamió el coño depilado con una lentitud que me hizo temblar, pasando su lengua gruesa por cada pliegue mojado de mi chucha. Sentí sus uñas negras arañando mis muslos mientras sus labios se cerraban alrededor de mi clítoris hinchado, succionando con fuerza hasta que gemí como una puta desesperada. Con una mano en mi cadera y la otra ahogándose en su propio pastel, me devoró como si fuera su postre favorito, lamiendo el jugo que me corría hasta la entrada de mi culo. Sus tetas grandes rozaban mis piernas mientras su boca trabajaba sin descanso, y yo solo podía gritar su nombre cada vez que su lengua se enredaba en mi capullo hinchado. Cuando por fin se corrió encima de mí con un gemido gutural, su coño goteaba sobre mis muslos y su aliento olía a vainilla y a coño sucio. Me dejó totalmente empapada, con la concha dolorida y los labios hinchados de tanto chuparme. La cabrona ni siquiera se limpió, solo se levantó con el culo marcado en el delantal y se comió otro pedazo de pastel como si nada. Yo me quedé ahí, boca arriba, con las piernas abiertas y el clítoris palpitando, sin poder creer que una mujer tan gorda me hubiera dejado más mojada que nunca.