Esposa infiel se deja empotrar sin parar por el plomero
La rubia de curvas explosivas llevaba esa minifalda ajustada que le marcaba el culo prieto cada vez que se agachaba... y hoy el plomero no pudo resistirse. Entre risitas nerviosas y miradas de complicidad, ella le dejó claro que quería más que un simple arreglo de tuberías. Con las medias de red resbalando sobre sus muslos gruesos y el tanga de encaje empapado ya por los gemidos que ahogaba con la mano, el tipo no perdió tiempo: la agarró del pelo, le levantó la falda hasta la cintura y le metió los dedos bien adentro para comprobar lo mojada que estaba. Ella soltó un gritito ahogado al sentir esos dedos gruesos hurgando en su coño chorreante, pero en vez de apartarse, se arqueó hacia atrás clavándole las uñas en los hombros anchos del plomero. Cuando él sacó el manómetro y lo reemplazó con su polla dura como una piedra —con esa vena palpitante que le recorría toda la verga—, ella ni siquiera pestañeó: solo empujó su culo redondo contra esa punta gruesa hasta que la cabeza le abrió el coño de par en par. Las embestidas llegaron después, brutales y profundas, con cada empujón haciendo que sus tetas pequeñas y duras rebotaran sin control bajo el sujetador de encaje. Él la empotraba contra la pared de la cocina, el sonido de carne chocando contra carne llenando el aire junto con los suspiros roncos de ella, que ya no podía contener los gemidos mientras el plomero le chupaba el cuello y le mordisqueaba la oreja. Cada vez que su pelvis golpeaba ese culo prieto, el tanga se le clavaba más en el coño, aumentando la sensación de que estaba a punto de correrse en cualquier momento. Él, lejos de parar, le agarró las nalgas con ambas manos y se la clavó hasta el fondo, haciendo que su clítoris hinchado se frotara contra la base de su verga cada vez que la embestida la dejaba sin aliento. Ella gritó cuando sintió la primera oleada de placer recorrerle la espalda, pero él no dejó que se viniera tranquila: la levantó en volandas y la tiró sobre la mesa de centro, donde sus piernas se abrieron solas mostrando ese coño empapado y palpitante. La polla del plomero, enorme y venosa, se hundió en ella una y otra vez hasta que el líquido espeso de su corrida empezó a resbalar por el interior de sus muslos, mezclándose con el sudor y los jugos que ya le escurrían por el culo. Cuando por fin se desplomó sobre su cuerpo tembloroso, él aún no había terminado: le susurró al oído que quería verla correrse otra vez mientras le metía dos dedos en la boca para que chupara su propio sabor. Ella, exhausta pero más caliente que nunca, obedeció sin dudar, sintiendo cómo su coño volvía a contraerse alrededor de esa verga que ya no parecía tener fin.