Belleza latina se empotra duro en la pista VIP
La morena de curvas explosivas llegó sola al local, pero no por mucho tiempo. Apenas cruzó la puerta del VIP, sus caderas bailaban pegadas a las del primer macho que se le puso enfrente, y él no perdió el tiempo en rodeos: le agarró el culo redondo con ambas manos y le clavó la verga dura contra el vientre mientras ella gemía con la boca entreabierta. Entre tragos de tequila y luces estroboscópicas, la morena se dejó caer de espaldas sobre la mesa de cristal del rincón VIP, con las piernas abiertas en forma de cruz y el coño ya empapado pegajoso de excitación. Él no necesitó palabras para saber lo que quería: le arrancó el tanga de encaje negro con un tirón seco y el hilito se perdió entre el tumulto de cuerpos sudorosos. La polla gruesa le recorrió el coño desde el clítoris hasta el fondo, haciendo que ella arqueara la espalda y soltara un chillido ahogado que se perdió entre el estruendo de la música. Él la empotró contra la mesa con embestidas brutales, el sonido de carne golpeando carne mezclándose con los jadeos desesperados de la morena, que se agarraba a los bordes del cristal con los nudillos blancos. Cada embestida le sacudía el culo apretado, redondo y tembloroso, mientras él le susurraba al oído lo puta que estaba por dejarse follar así en público, con la verga bien dura hundiéndosele hasta las entrañas. Ella solo atinaba a gemir y mover las caderas al ritmo salvaje que él le imponía, hasta que la primera oleada de placer le quemó el vientre y la obligó a correrse gritando, con el coño convulsando alrededor de su polla. Él no se detuvo ni un segundo: la agarró del pelo y le metió la verga hasta la garganta, ahogándola con su grosor mientras ella tragaba cada gota de esperma espeso que le escupía en la boca entre sollozos de placer. Cuando por fin se separaron, ella quedó tirada sobre la mesa, con las piernas temblorosas, el coño goteando leche y una sonrisa de satisfacción en los labios pintados de rojo sangre. Él se limpió los restos de semen de la polla con el dedo y se lo llevó a la boca para saborear su propia corrida, mientras la morena se mordía el labio y le lanzaba una mirada de complicidad, sabiendo que esta noche no sería la última vez que se vieran entre luces de neón y cuerpos sudados.