Exnovia se deja empotrar sin piedad en la cama
La muy zorra no pudo aguantar ni cinco minutos cuando su ex la agarró de los pelos y la tumbó boca abajo en el colchón. Su polla ya estaba dura como una roca, lista para clavarse hasta el fondo en ese coño que tanto extrañaba, empapado en jugos de recordar sus noches locas. Él le levantó el culo con una mano mientras con la otra le arrancaba el tanga de un tirón, dejando al descubierto unos labios rosados y bien abiertos que suplicaban atención. Las primeras embestidas fueron lentas pero profundas, haciendo que ella gritara con cada empujón y clavara las uñas en las sábanas, dejando marcas de locura. Pero él quería más, así que le agarró las caderas con fuerza y se lanzó a un ritmo bestial, empotrando su verga hasta el fondo mientras escuchaba sus gemidos ahogados mezclados con maldiciones. Su cuerpo sudoroso se movía al compás de las embestidas, los pechos botando salvajemente cada vez que él se enterraba hasta la base. Ella no podía creer lo bien que le quedaba esa polla, tan gruesa que le llegaba al útero, y cada golpe seco le arrancaba un jadeo nuevo. Cuando él notó que su coño estaba a punto de explotar, cambió de posición y la puso a cuatro patas sobre la cama, levantándole el culo para darle en el punto exacto donde más le gustaba. Las embestidas se volvieron más brutales, el sonido de carne contra carne llenando la habitación mientras ella no dejaba de gritar su nombre entre gemidos. El orgasmo la agarró por sorpresa, sacudiéndola entera mientras sus jugos resbalaban por sus muslos, empapando las sábanas. Él no se detuvo ni un segundo, siguiendo su ritmo hasta que sintió cómo su verga se hinchaba antes de soltar toda su leche caliente dentro de ella, llenándola hasta rebosar. Cuando terminaron, los dos quedaron tirados en la cama, exhaustos pero con una sonrisa de satisfacción en la cara, sabiendo que esa follada había sido la mejor venganza por todos los celos del pasado.