Profesora tailandesa se empotra salvaje con su alumno
Ella llegó con ese vestido ajustado que le marca cada curva del culo prieto y los pezones duros como piedras bajo la tela blanca, pero lo que más excitó al chico fue verla sin maquillaje, con el pelo recogido en una coleta desaliñada y los labios mordidos por los nervios. El profesor le susurró al oído que quería probar esa boquita que siempre le miraba con tanto descaro durante las clases, y antes de que ella pudiera negarse, ya le tenía agarrada del pelo mientras le metía la lengua hasta la garganta. La tailandesa gimió con fuerza cuando él le bajó el vestido de un tirón, dejando al descubierto unas tetas pequeñas pero duras como dos nucas, con los pezones rosados y duros que suplicaban ser chupados. El chico no lo pensó dos veces: se lanzó a lamerle el coño empapado mientras ella se agarraba a la mesa del salón con las uñas clavadas en la madera, sintiendo cómo el calor húmedo le mojaba la lengua y la barbilla. No había tiempo para juegos, así que la empujó contra la pared y le levantó una pierna para empotrarle la polla hasta el fondo, haciendo que la profesora soltara un grito entrecortado que se perdió en el eco del pasillo. Cada embestida le hacía apretar los dientes y sacudir el culo contra su vientre, mientras él le agarraba las caderas con fuerza para clavársela más hondo, sintiendo cómo el coño le apretaba la verga como un guante mojado. Ella no pudo aguantar más y se corrió con un gemido ronco, escupiendo leche por todas partes mientras el chico le llenaba el coño de corrida caliente sin importarle que el semen le resbalara por las piernas. Cuando por fin la soltó, la tailandesa quedó temblando contra la pared, con el coño palpitante y la respiración entrecortada, pero antes de que pudiera recuperarse, él ya le estaba lamiendo los labios hinchados mientras le susurraba que esa clase de anatomía le había dejado una nota de diez.