Adriana Rodrigues aplasta su culo contra una máquina de follar
La máquina trronaba como un caballo en celo, pero no era el ruido lo que lo volvía loco: era ver cómo Adriana Rodrigues se empalaba con esa polla mecánica, moviendo las caderas como si quisiera dejarle la marca a otro. Cada embestida resonaba en el cuarto, y él apretaba los dientes al recordar que ese culo tan apretado había sido de otro antes, que esas nalgas que se sacudían con tanto morbo habían gemido para otro hombre. Adriana no pedía compasión: se agarraba las tetas, arqueaba la espalda y dejaba que la máquina la partiera hasta que los músculos del culo le temblaban, hasta que el calor le subía por la garganta y se le escapaba en gemidos ahogados. No se tocaba, pero no hacía falta: la máquina le dio lo que necesitaba en más de 13 minutos de escena, con cada penetración más profunda, más salvaje, hasta que los fluidos le chorreaban por los muslos y el culo le ardía como si le hubieran prendido fuego. No hubo palabras, solo el sonido de la carne contra el plástico, de los gritos ahogados y de la máquina que no perdonaba. Cuando terminó, Adriana se quedó temblando, con la polla artificial todavía clavada en su culo, pero él fue el que no pudo apartar la mirada, el que sintió el ácido de los celos quemándole la garganta.