Tsukasaminami desafía a su amante con un juego de escaleras
—¿Crees que puedes aguantar lo que te voy a dar?— le susurró Tsukasaminami mientras se inclinaba sobre el pasamanos, mostrando su culo redondo y apretado envuelto en un tanga de encaje negro. El tipo tragó saliva al ver cómo la tela apenas cubría su raja mojada, brillando bajo la luz del atardecer que entraba por la ventana. Ella se movió lentamente, balanceando las caderas para provocarlo, sabiendo que su polla ya estaba dura bajo los jeans. Él no pudo resistirse y se acercó, deslizando una mano por su espalda hasta llegar a su culo, apretando fuerte antes de bajar el tanga de un tirón. Ella gimió cuando sintió sus dedos abrirle las nalgas, separando su carne para dejar al descubierto su agujero rosado y húmedo. —Ahora verás de lo que soy capaz— le dijo, arqueando la espalda para ofrecerle mejor acceso. Él no perdió tiempo y se bajó los pantalones, liberando su verga gruesa y palpitante, que ya goteaba de deseo. Con un empujón seco, la penetró hasta hacerle tocar el cuello del útero, arrancándole un grito de placer. Ella se aferró al pasamanos mientras él la embestía una y otra vez, sus bolas chocando contra su piel cada vez que entraba y salía. El sonido de sus cuerpos golpeándose resonaba en el pasillo, mezclado con los gemidos de ella y los gruñidos de él. —No pares, cabrón— lo animó, apretando los músculos del culo para hacerle sentir cada centímetro. Él aceleró el ritmo, clavándose en ella con fuerza, sintiendo cómo su verga se hinchaba dentro de su canal ardiente. Cuando ya no pudo más, se corrió dentro de ella, llenándola con su leche caliente mientras ella apretaba las nalgas para ordeñarlo hasta la última gota. —¿Ves? Te lo dije— jadeó ella, mirándolo por encima del hombro con una sonrisa satisfecha. —No vuelvas a dudar de mí— añadió, moviendo las caderas para sacarle los últimos espasmos de placer.