Rubia sumisa abre piernas para pollas enormes en orgía
Desde que entró en la sala oscura con ese vestido ajustado que apenas le tapaba el culo, todos los tipos no podían apartar los ojos de sus piernas largas y bien depiladas. Mientras se arrodillaba en el suelo de moqueta roja, la rubia se mordía el labio inferior imaginando cómo le iban a empalar ese coño que ya goteaba sin control. El primero en acercarse fue un gigantón de brazos tatuados que le agarró la melena rubia a mechones y le clavó la polla hasta el fondo sin avisar, arrancándole un grito agudo que resonó entre los gemidos de las otras putas del local. Ella, lejos de asustarse, arqueó la espalda y le suplicó que la tratara como a una perra en celo, diciéndole que quería sentir cómo le llenaban las entrañas hasta reventarle por dentro. Otro macho se acercó por detrás, le escupió en el culo y se la metió sin piedad mientras le apretaba los pechos con fuerza, haciendo que la rubia chillara como una posesa cada vez que la embestida la dejaba sin aire. Entre tanto jaleo, una morena le empezó a chupar los pezones mientras le susurraba obscenidades al oído, ordenándole que se dejara follar como a una cualquiera más. La rubia, con los ojos vidriosos y la boca llena de babas, no podía más: cada polla que entraba y salía de sus agujeros le dejaba el cuerpo temblando, el coño en llamas y el culo palpitando como si fuera a explotar. Cuando el gigantón le ordenó que se pusiera a cuatro patas sobre la mesa de centro, ella obedeció al instante, levantando el culo bien alto y dejando que tres tíos se turnaran para reventarle el coño con sus vergas duras como piedras, cada embestida más brutal que la anterior. Entre gemidos guturales y sudor corriendo por todo su cuerpo, la rubia sintió cómo el primer tipo se corría dentro de ella, llenándole la vagina de leche caliente mientras le agarraba las caderas para que no se moviera ni un milímetro. Pero no había tiempo para recuperarse: otro macho ya le estaba metiendo la polla por el culo a lo bestia, arrancándole un aullido que se mezcló con los gruñidos de los demás cuando todos empezaron a correrse al mismo tiempo, cubriéndole la cara, los pechos y hasta el pelo rubio de chorros blancos que le resbalaban por la piel enrojecida. Cuando por fin la dejaron caer sobre el sofá, completamente agotada y con las piernas abiertas mostrando su coño destrozado, la rubia solo atinó a gemir y a susurrar que quería más, que la volvieran a empalar como a la puta que era.